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domingo, 26 de julio de 2009

Otto Rank y su camino entre los héroes...


El Mito del Nacimiento del Héroe, de Otto Rank nos presenta una visión de los héroes mitológicos a lo largo de la historia y de las diferentes culturas del mundo antiguo. En este trabajo, somos viajeros guiados por un interesante mapa con rutas y caminos conocidos, cruzándose entre ellos mismos en puntos fundamentales para explicar los orígenes, tanto psicológicos como históricos, de estos diferentes personajes, los héroes que han marcado la historia y que siguen teniendo tanta o más influencia que en su momento de origen.
En un extenso recorrido por las historias mitológicas, Rank nos lleva a través de biografías de personajes que van desde libertadores hasta dioses, mientras que poco a poco nos va presentando puntos de coincidencias en sus historias, llenas de peligros y, al mismo tiempo, invitándonos a cuestionar a la historia, a las culturas y al pensamiento humano en cuanto a nuestros ídolos, ¿son lo que queremos ser?
Están presentes Gilgamesh y Sargón, Karna, Ciro, Edipo, Hércules, Paris y Perseo, Rómulo y Remo, Tristán, Siegfried y Lohengrin, y por supuesto Jesús, Moisés y Buda.
Rank descubre similitudes en las vidas de estos personajes que van desde sus progenitores, regularmente reyes o dioses, su concepción, amenazada por peligros predichos por alguna fuente sobrenatural, evitando que, prácticamente, antes de su nacimiento, nuestro héroe disfrute de las bendiciones de su linaje, y lanzándolo a una vida de sacrificios y vicisitudes que empezarán a formar su personalidad y carácter.
La sabiduría del padre se impondrá para el bienestar de su hijo, a quien salvará del peligro pronosticado, y aunque, frecuentemente, el vaticinio de peligro sobre el padre viene de parte del mismo niño, no dudará en hacer todo lo posible por salvaguardarlo, aún si eso significa alejarlo de si mismo. La figura del padre también se verá atormentada por dudas acerca de la paternidad (como en el caso de Jesús) o de personajes avariciosos que no buscan más que evitar el nacimiento de ese niño, ya que significa un riesgo a sus estatus, regularmente de poder.
Para salvar al niño, el medio utilizado en la mayoría de los casos, es el agua, como ruta de escape hacia una nueva vida, marcando un obvio paralelismo con el nacimiento del hombre, y en este caso, también el nacimiento de un héroe. ¿El vehículo? Una cesta, vientre materno de madera, de paja, una humilde cuna para nuestro salvador.
Hay casos, como en las llamadas “historias de hadas” (fairy tales), donde el nacimiento del hombre es representado al sacar al niño de un lago o un pozo, lo mismo sucede en algunos ritos celtas, donde si el padre dudaba de la paternidad del niño, ponía a este en el agua en la orilla de un río, si la corriente lo traía de regreso, se consideraba un niño legítimo, pero si la corriente se lo llevaba, entonces era producto de una infidelidad, y se le daba muerte, tanto al bebé como a la madre.
Asimismo, la caja o cesta en la cual se pone al niño, en algunos mitos se ve representada como una cueva, como en el caso de Zeus, nacido en el Monte Ida y criado por la cabra Amalthea.
Sin embargo, en un acto en contra de toda posibilidad, un Deus ex machina, el bebé es rescatado por los personajes más improbablemente posibles, animales salvajes, gente humilde, o inclusive, poderosos monarcas y faraones, que criaran al pequeño como suyo propio, amamantándolo con su propia leche y viéndolo crecer entre las más grandes riquezas, o la más extrema de las pobrezas, sin conocimiento de su real linaje. Con el pasar del tiempo, sin embargo, el pequeño sentirá que pertenece a otro mundo, y comenzará, en muchos casos desde temprana edad, a demostrar que es un niño diferente, y comenzando así su heroico camino.
Entonces, ya crecido, siendo un hombre, abandona a sus padres adoptivos para buscar su destino, destino que, como su nacimiento, fue predicho, tan lleno de peligros como de gloria. En estos momentos desconoce, salvo casos como el de Jesús, que sabía desde temprana edad que en algún momento tendría que regresar con su Padre Celestial, de la oscura realidad de su futuro, el cual solo puede ser eclipsado por la gloria porvenir.
Según Otto Rank, todos estos mitos antiguos son una exteriorización de la forma en que vemos a nuestros padres y a nosotros mismos durante nuestra niñez. Veneramos a nuestros progenitores, pero su constante presencia, su control y autoridad sobre nosotros, crea una especie de rebeldía y rechazo hacia ellos, creando la imagen del enemigo al que el héroe deberá enfrentar en algún momento dado.
Rank dice que el mito es un reflejo del deseo de volver al idílico período en que éramos reconfortados por papá y mamá. Cuando nos sentíamos seguros en sus brazos, llenos de amor, y lejos de toda preocupación.
Rank afirma que los padres que recogen del agua al pequeño niño, y que lo cuidan y protegen, representan a nuestros padres tal como son, mientras que los reyes y dioses que nos entregaron al río representan lo que deberían ser nuestros padres. El confrontamiento final con ellos, entonces, es el castigo que imponemos sobre ellos por no haber llenado nuestras expectativas de la infancia.
En cuanto al aspecto sexual, Rank no lo considera como preponderante en relación con nuestros personajes, o sus historias mitológicas, sino que afirma que las experiencias infantiles son la base de cada mito.
Para finalizar, Rank comenta que a partir de la psicología de la neurosis, hemos aprendido que emociones fuertes de rivalidad sexual están envueltas en esta conexión. El factor que lo causa es evidentemente el sentimiento de rechazo. Reflejado posteriormente hacia el padre más que a la madre. Aquí la influencia del sexo ya es evidente, ya que el niño muestra una tendencia mucho más grande de albergar sentimientos de hostilidad contra su progenitor que con la mamá.
Es de notar que Rank consideró siempre tener presente a Sigmund Freud, quien fue una gran influencia en su trabajo, tomando en cuenta principalmente su libro “La Interpretación de los Sueños”. Continuamente, a lo largo de su obra, hace anotaciones y comparaciones de los mitos presentados y la relación con los sueños y motivaciones inconscientes.
Actualmente, el mito del héroe se ve reflejado en la cultura popular de una manera abrumadora, fenómeno que nos dice que la búsqueda no ha terminado, que el hombre sigue aspirando y buscando parecerse a esas figuras idílicas.

Con algunas variaciones, el héroe se ha adaptado a través del tiempo hasta nuestro presente, y es común ver que lo que antes eran aquellos guerreros míticos de antaño, fuertes presencias cubiertas de armaduras y de virtudes, se han transformado en personajes con errores y características poco alentadoras aún para los estándares sociales actuales.
Yo no es frecuente encontrar en la cultura popular a un envalentonado Perseo, un musculoso Hércules, o un pretencioso Sansón, ahora, nuestros héroes son los pequeños hobbits, el oscuro Anakin Skywalker o el traumado Bruce Wayne.
¿Por qué ha cambiado la percepción del héroe? ¿Por qué antes los héroes eran esas figuras inalcanzables, capaces de hacer prodigios imposibles para el ser humano “normal”? ¿Por qué ahora los héroes son aquellos sujetos personajes con claras tendencias depresivas (Shinji Ikari de Neon Genesis Evangelion), o renuentes de tomar su papel en un plan mayor (Frodo o Bilbo Bolsón en la saga de Tolkien)?
Porque el hombre está más consciente de su condición humana, el hombre no es una figura divina. El hombre es hombre y punto. No es super hombre, no es un super héroe, el hombre puede fallar, puede caer, puede dejarse embargar por la furia y el enojo, por la ira y la tristeza. Quizás el hombre sea lo peor de la Creación, pero de aquí mismo tiene que salir la figura salvadora del propio hombre. Entonces vemos que su fuerza se encuentra dentro de sus propias fallas.
Nos necesitamos como humanidad, es decir, el concepto “humanidad” nos necesita, así como estamos, así como somos, nos necesita como héroes; si no, ¿de donde van a salir? ¿Quién va a rescatarnos? Dice Dios a Josué, “esfuérzate y sé muy valiente”. Dios mismo nos dice que seamos muy valientes, no nos dice que Él nos va a quitar el peligro. El peligro lo vamos a enfrentar, eso no es negociable, pero nos dice, nos ordena a que seamos valientes.
En su naturaleza humana, que fue más importante que su naturaleza divina en ese momento, en el jardín del Getsemaní, Jesús se sobrepuso a su miedo, a su terror, y pidió a Dios que se hiciera Su voluntad y no la suya. En diferentes versículos se describe a Jesús llorando, sudando sangre (condición médica comprobable llamada “hematridosis”), de miedo, de terror. El miedo era una característica poco frecuente en los héroes de leyenda.
La poca fe del señor Anderson, fue un obstáculo al que tuvo que sobreponerse y desatar todo su potencial como Neo, en la trilogía fílmica de Matrix. O Jean Valjean, de Los Miserables, quien después de robarle una moneda a un niño y de un encuentro con alguien que le cambiaría la vida y el rumbo de su existencia, toma el camino del héroe sacrificial que lo daría todo por la pequeña Cosette.
Los nuevos héroes comparten características tanto de las míticas figuras del legendario y virtuoso guerrero, hasta los contemporáneos y nuevos arquetipos, con los cuáles es más fácil que nos relacionemos y nos sintamos más identificados. Aquí entonces la respuesta a la pregunta acerca del cambio de la percepción del héroe: Necesitamos sentirnos identificados, no con el héroe, sino con un nuevo concepto de heroísmo. No podemos ser héroes perfectos, pero a pesar de nuestra imperfección, todos tenemos algo que de héroe.
Diría Bowie: “We can be heroes, just for one day”.
Juan Carlos Guzmán Guillén

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