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domingo, 13 de diciembre de 2009

Tu fantasma...


Cada paso que doy me pesa más, pero de igual manera, cada paso me llena más de ansiedad, y siento en el estómago ese característico dolor de vacío mezclado con un miedo dulce y amargo. Cada escalón me lleva a la puerta de la casa de la colina, casa única, ajena y familiar para mí, porque, conmigo, tú viviste aquí.

El viento hace crujir las paredes de este lugar, y sus luces parpadean en esta avejentada tarde, donde la Luna acecha mis pasos, donde el reloj dejó se detuvo al cuarto para las tres. Y cuando entro y cierro la vieja puerta, siento que hay algo bailando, aquí entre las sombras… y quisiera tanto que ese algo fuéramos nosotros.

Has puesto un hechizo sobre mí, en esta noche, y mientras cierro los ojos, siento mis pies moviéndose al compás de los tuyos, y mis brazos rodean tu invisible cuerpo, y puedo oler tu cabello mientras enjuga mis lágrimas y hundo mi rostro en tu cuello.

No puedo sacar tu recuerdo de mi memoria, de mi mente. No hay nada que quiera más que sentir el latir de tu corazón encima del mío. Tomo tu mano y caminamos por nuestra abandonada sala, rincones cubiertos de polvo y telarañas, muebles escondidos debajo de grises sábanas, moviéndose alrededor de nosotros, como cuando llegamos la primera vez. Hace tanto tiempo.

Y mientras subimos la escalera a nuestra recámara, seguimos tomados de la mano, siento tu cabeza recargarse en mi hombro, y aunque no puedo ver tu espíritu, puedo jurar que siento tu aliento sobre mí.

La puerta de la habitación se abre, mientras la Luna entra por la ventana, y la cama se extiende al infinito, como el mar a medianoche, y me dejo caer en la profundidad de nuestro perpetuo adiós, en las sombras que ahora habitan nuestra casa encima de la colina… mientras me dejo caer en la calidez de tu fantasma.